Don Álvaro

Lo escribo, porque sé que te gusta leer. Porque sé que me estás leyendo.

Esta es mi manera de hacerte un homenaje, querido maestro, querido Álvaro.

Te conocí en el año 95, en tierras de Chuburná, en Mérida, Yucatán, y desde ahí, me caíste de lujo. Desde entonces, me emocionó tu sabiduría. Alex y yo éramos unos niños, si a caso comenzábamos a ser adolescentes, y tú ya nos hablabas de Mozart, Dalí, Chopin, Chaplin, Picasso, y sus musas. Insistías mucho en eso, en las musas, en la metáfora de la inspiración.

Nos apoyaste a ir a nuestro primer concierto de rock, teníamos 13 años y ya estábamos perdidos en un estadio lleno de música. Si tengo que ser sincero, nos apoyaste en muchas de nuestras locuras. Tu ingenio se contagiaba todo el tiempo.

Me acuerdo que, desde esos años, vi muchos de tus bocetos de diseño, y me impresionaba ver los logos famosos que habías creado y las leyendas urbanas que, en aquella Mérida de los 90’s, se entonaban en tu nombre.

Siempre nos enseñaste a admirar a los genios, y sin buscarlo y sin quererlo, tú eras uno de ellos.

Con tu inteligencia, brillaste en el mundo de la publicidad y el diseño en América Latina. También, con tus palabras sabias, irónicas y sensibles, iluminaste al mundo empresarial. Recuerdo haber ojeado “Triunfar es algo muy divertido”, “El Gigante” y “10 historias de amor ilegales, inmorales y que engordan”. Era 1995 y tú ya habías abierto camino desde mucho tiempo atrás. Tu nombre ya era reconocido. Recuerdo tus conferencias, tus cursos, tus pláticas y tus clases. En cualquier giro, brillabas.

También recuerdo tu valiente transición al mundo de las letras. De manera firme y decidida, y en años de una economía difícil para México, tuviste el valor de seguir tu sueño: ser un escritor y poeta. Recuerdo ir a tu casa y verte rodeado de libros, de cuentos, manuscritos y muchas hojas; hojas de papel tecleadas y vueltas a teclear, hojas con grandes ideas.

Sin quererlo y sin buscarlo, te volviste un referente y un ejemplo.

Me acuerdo mucho también cuando fuiste nuestro maestro en la universidad. Era ya el primer cuarto de la década del 2000, y tú comenzaste a hablarnos de cambiar paradigmas, de abrir la cabeza, de confrontar todo lo que leíamos y escuchábamos. Insistías mucho en no usar adjetivos, insistías mucho en no evadir la realidad. Me acuerdo de “La Isla de los Pelícanos”, y me acuerdo de un gran debate del 68′ que nos pediste como trabajo final. Tenías grandes cátedras.

También recuerdo tu enorme gusto por la música, el piano, la guitarra y el rock. Amabas el rock and roll. Y en aquellas épocas, nos ayudaste a contextualizar la música con la época de su origen. Así, nos hablaste de Elvis y el fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría; de The Beatles, y las épocas de hippies que criticaban la guerra de Estados Unidos contra Corea y Vietnam. Nos hablaste del muro de Berlín, del capitalismo, del socialismo y de Avándaro. Nos hablaste de los Tin Tops y Alex Lora, nos hablaste de Janis Joplin. Eras un tipo liberal.

Recuerdo también que eras buen tenista, amante de los deportes y el dominó. No se te escapaba una. Y aunque no coincidíamos en gustos deportivos, siempre fuiste respetuoso como un buen caballero que sabe ganar y perder. Tú sabías mucho, sabías ganar y perder, sabías estar arriba y abajo. Don Álvaro, tú sabías levantarte.

Por último, me acuerdo de tu etapa de escritor, en la que te vi más feliz. Escribías todo el tiempo, a cualquier hora. Innovaste con frases e ilustraciones, llenabas Twitter de sabiduría, escribías grandes columnas, redactabas grandes textos.

Y qué decir de tus novelas. Me acuerdo cómo fueron llegando cada una de ellas. Me acuerdo de “La Diversión Empieza a los Sesenta”, “El Laberinto Secreto de Dios”, “ La Última Profecía de la Cuenta Larga” y la querida “La Dueña de las Mareas”. Recuerdo la emoción con la que presentabas los libros, la emoción con la que los veías, el orgullo que te daban.

Siempre te recordaré como una persona feliz, que insistía en no amargarnos. Te recordaré crítico y brillante. Te recordaré contando una broma o una anécdota. Te recordaré contento y dicharachero, un “Bon Vivant”. Orgulloso de sus hijos, su nuera y sus nietas. Siempre enamorado de su mujer. Siempre repartiendo sabiduría y el gusto por las letras. Siempre difundiendo conocimiento. Será muy triste tu partida, pero dejas un enorme legado, dejas letras que siempre vivirán.

Te escribo, porque sé que te gusta leer. Porque sé que me estás leyendo. Gracias por todo, maestro. Se le quiere mucho, Don Álvaro.