Marchante

Por azares de la vida, este verano acabé trabajando de marchante.

Es ya mi noveno oficio, el más reciente, el más noble y quizás el más divertido. Ofrece, engancha y espera; es el arte de la palabra, es el arte del trueque, es el arte de la venta. Es el arte de ganarse la vida todos los días en largas jornadas, sorteando la lluvia y el sol. Y ahí andaba yo, montando mi puesto en el mercado, colgando mis famosas camisas y esperando que la fortuna me acompañara. Y ahí andaba yo, emprendiendo otra odisea, por una causa en la que creo y por comunidades que merecen estar mejor. Sin más, esta es la historia de mi última aventura. 

Desde hace tiempo pertenezco a un colectivo que ha ido tejiendo una red de emprendimientos sociales y ambientales para apoyar a comunidades mayas en Yucatán. A mediados de este año, el colectivo recibió un donativo en especie por parte de una empresa de textiles que confió en nosotros y para finales de abril recibimos cientos de piezas de ropa.

En equipo, decidimos que darle la ropa a las dos comunidades con las que trabajamos sería un apoyo efímero, insuficiente y poco estratégico. Era una especie de “asistencialismo” que poco solucionaría y que sería sin previa consulta a la comunidad. En cambio, y con la autorización de la empresa donante, decidimos comercializar la ropa a un precio accesible que nos permitiera tener ganancias suficientes para impulsar proyectos productivos con los hombres y mujeres de las dos comunidades con las que trabajamos. En específico, impulsar la apicultura y la cosecha de la miel como sustento de vida.

No es fácil el oficio de marchante, requiere de mucho trabajo, mucho esfuerzo físico y mucha paciencia. Lo primero y más tedioso es hacer un inventario. Conocer a fondo tu producto y saber cuántas piezas tienes y en dónde están. Conocer tus fortalezas, tus cantidades y tus debilidades. Luego tendrás que ganarte un lugar en la rotación de comerciantes que cada día van vendiendo su mercancía en los mercados sobre ruedas de la ciudad. Tendrás que llegar varias horas antes para alcanzar un lugar.

Por último, y una vez montado tu puesto, vendrá el momento de esperar y ejercitar la paciencia. Habrá días buenos en los que se venda mucho, pero habrá tardes largas y solitarias en las que, con la misma mercancía y los mismos precios, no se venderá nada. Ahí es cuando no hay que olvidar la causa. Ahí es cuando hay que acordarse que al final, el resultado valdrá la pena.

Como marchante aprendí muchas cosas. Aprendí que hay mucha gente que se deja la vida trabajando en jornadas dobles, todos los días, para sacar el gasto de la semana. Aprendí que la situación económica de mi país está muy dañada, pero que el pueblo mexicano es sabio, que no se rinde y se busca caminos. Aprendí de muchas historias de vida y escuché muchos casos de éxito.

También aprendí del entusiasmo y la camaradería que se va formando entre los compañeros vendedores. Aunque hay egos, celos y rencillas, también me tocó ver muchas muestras de genuino apoyo y solidaridad. Y es que como se dice entre los pasillos de un mercado: “el sol brilla para todos”.

Al final de mi estancia en Mérida, y después de casi tres meses de trabajo, logramos el objetivo de comenzar a mover la ropa y empezar a obtener fondos para construir una nueva envasadora de miel para las comunidades de Tesoco Nuevo y Santa María Pixoy, al Noreste de Yucatán. Al final, y sin quererlo, construí mi primer emprendimiento social, haciéndolo sostenible, ejecutable y funcional. Un emprendimiento que se convirtió en un trabajo muy divertido y que me permitió pasar mucho tiempo con mi querido hermano Santiago. Un emprendimiento que cumplió su causa.

Al final, lo más importante de haber sido marchante fue que tuve un gran hallazgo personal: descubrí mi siguiente camino profesional. El camino del emprendedor social, el camino del productor de empresas sociales y ambientales cuya causa sea resolver una carencia, una necesidad o una problemática de la comunidad, de manera sostenible y por medio de una economía solidaria. El camino de crear proyectos que colaboren con el bienestar de las comunidades marginadas.

Quién lo diría, la experiencia de haber sido marchante de ropa con causa en Mérida, ahora me abre las puertas para vender miel yucateca en los mercados artesanales en Alemania y así seguir emprendiendo, y así seguir sumando a la causa.

Para conocer más y apoyar este proyecto, visita: @RopaConCausa