La geografía sagrada

Cuando el espacio y el tiempo riman con los ciclos de los astros y las estaciones de la tierra, se dice que se dibuja entre nosotros una geografía sagrada que nos permite relacionarnos con el universo, y así explorar el significado de nuestra existencia. 

Una de las mentes brillantes que revolucionaron la forma de interpretar la cosmogonía de los pueblos originarios fue la del filósofo rumano Mircea Eliade, quien entre sus múltiples estudios, explicó el significado del espacio y el tiempo sagrado en la vida humana; lo que él definió como la geografía sagrada.

Para él, las civilizaciones madre que poblaron los dos hemisferios del planeta se dieron cuenta de la cualidad que tiene el ser humano para abrir espacios sagrados en la cotidianidad y así lograr conjugar el mundo material y espiritual en una temporalidad divina. O dicho con otras palabras, cualquiera de nosotros puede transitar de lo profano a lo sagrado en un tiempo y espacio determinado usando el poder de la imaginación activa para elevar la consciencia. Todos podemos recorrer la geografía sagrada.

Así, la geografía sagrada tiene la finalidad de reproducir en la tierra las configuraciones del mundo celeste y crear nudos de convergencia entre dos planos de existencia. Es la puerta a un mundo sensible pero invisible donde podemos conectarnos con la energía del universo y la naturaleza. Es la temporalidad en la que podemos descubrir nuestro espíritu y nuestra dualidad. Es la capacidad que tenemos de proyectar el cielo en la tierra y de tocar la dimensión divina desde este mundo material.

Para entender el concepto de geografía sagrada es importante reconocer que existen tres regiones en la vida humana: la esfera cósmica o espiritual, la esfera terrenal o material, y la esfera intermedia o humana, en la que se empalman las dos anteriores. También, es clave destacar que la mayoría de los pueblos originarios hallaron “centros” como puntos de intersección entre los tres mundos. Dichos “centros” pueden ser templos, santuarios, pirámides, monumentos, ciudades, ceremonias, el mismo cuerpo humano, y cualquier espacio que nosotros decidamos volver sagrado.

Para el rumano Eliade, la experiencia sagrada modifica la percepción del espacio y del tiempo. Así, la sacralización del lugar en la que se instauran los templos o donde se llevan a cabo ceremonias permite convertir dicho espacio en un espacio sagrado. Además, la repetición periódica de los ritos convierte el tiempo lineal en un tiempo cíclico, en el que los calendarios nos recuerdan los hechos míticos y las celebraciones importantes de cada tribu de la tierra. El ritual se vuelve sagrado al evocar la memoria colectiva y traer al presente el significado de dicha efeméride o festividad.

Los aniversarios, los años nuevos, la luna llena, el inicio de la primavera, los solsticios, los entierros y cualquier ceremonia son temporalidades en las que se puede navegar en la geografía sagrada y tocar la otra realidad. Así, el habitante de Palenque, Cuzco o Atenas, al abrir un espacio sagrado, se convertía en un peregrino que caminaba entre las parcelas de lo terrenal y los mares del infinito. Y siguiendo este mismo principio, todos nos podemos convertir en danzantes del universo.

Todo este relato, tan mágico y tan abstracto, surgió a raíz de la jubilación de mi padre. Después de 33 años de trabajo, mi padre decidió retirarse y comenzar un nuevo ciclo. Al dar a conocer la noticia, todos sus compañeros del trabajo le organizaron diferentes homenajes y reconocimientos, y en uno de ellos, mi padre decidió traer a la memoria los orígenes de su carrera y el comienzo de su brillante ciclo laboral. Entre aplausos y muestras de afecto, todos los presentes honramos la trayectoria de mi padre, y fue tanta la energía acumulada, que estoy convencido que se abrió un espacio sagrado alrededor de mi papá. Abrimos juntos una geografía sagrada.

Fuentes: