No hay vida sin abejas

A mi también me sorprendió la noticia. Las abejas son esenciales para los ecosistemas, para la biodiversidad y para la vida misma. 

No es tan compleja la ecuación. Si dejaran de existir las abejas, las flores no podrían tener sexo y dar semilla. Sin semilla, no habría gran parte de la cosecha y por ende cientos de especies de animales se quedarían sin alimento, se rompería por completo la cadena alimenticia. Al mismo tiempo, si no hay flores, la sustentabilidad de gran parte de nuestros ecosistemas se alteraría. No habría bosques y selvas sanas. No habría campo. No habría oxígeno ni agua, y la vida como la conocemos, no existiría.

Bien dicen que si tiras una pieza, mueves a la naturaleza entera. Así de importantes son estas fascinantes arquitectas de colmenas.

La polinización es un proceso más sencillo de lo que creemos. La abeja se alimenta del polen y néctar que desprende el estambre de la flor (órgano masculino) y luego vuela hacia otra flor donde deja los granos de polen en la estigma (órgano femenino). Poco después, el polen va bajando hacia los ovarios de la planta, donde se fertiliza y lentamente va tejiendo las semillas. Es un caso de co-evolución. 

De esta manera, alrededor del 84% de la cosecha mundial tiene una relación directa o indirecta con la polinización que realizan las abejas. Más de 400 diferentes tipos de plantas dependen de la polinización y hay más abejas que cualquier otro polinizador en el mundo. Por eso las abejas son claves en la producción de un tercio de todo lo que comemos. Pensemos en la agricultura: los vegetales y frutas que no existirían. Pensemos que no habría pasto para el ganado y no habría carne, leche y todos sus derivados. No habría café, no habría cacao y no habría té. No habría algodón y no habría mucho del sustento de esta vida.

Y sin embargo, las abejas están desapareciendo. La urbanización, la deforestación, el uso de pesticidas y agrotóxicos, los cambios de uso de suelo, la disminución de sitios de anidación y la pérdida de recursos florales, son las principales causas de su extinción. Según un completo reportaje de Katia Rejón de la Jornada Maya, en las últimas décadas, las colonias de abejas han disminuido drásticamente en México y en el mundo. Se estima que la población de abejas de todos los países ha desaparecido hasta en un 90%.

Con esto, la apicultura –que es una actividad milenaria y una de las que más genera ingresos económicos en el sector rural– también está completamente a la baja. Hace 10 años se producían 80 mil toneladas de miel a nivel nacional, y hoy tan sólo se producen 27 mil. El impacto social es enorme, porque la apicultura beneficia a 42 mil familias en México y somos el tercer exportador de abejas en todo el mundo.

Por eso es fundamental seguir creando consciencia; no importa que ya hallamos escuchado del tema, tenemos que actuar. Según los especialistas, es clave la educación sobre la importancia de las abejas y que los gobiernos regularicen el uso de productos químicos para el campo, la legislación debe ser enfática contra el uso de agrotóxicos y la siembra de soya transgénica. Hay que parar la destrucción del monte y de la selva.

Al mismo tiempo, es momento de repoblar las colmenas y crear más centros de producción y distribución de abejas reinas. Hay que crear más proyectos sociales que apoyen a los productores de miel para que las nuevas generaciones no abandonen los apiarios. Podemos aprovechar la innovación en productos de miel, promover más sus beneficios naturales y buscar nuevos mercados. De igual manera, creo que es muy importante fortalecer la cultura del consumo local de miel y resaltar el valor de los productos artesanales y libres de conservadores. Hay que motivar el comercio justo entre los intermediarios y los apicultores.

Estoy convencido que estamos a tiempo y que son muchas las soluciones. Creo que somos capaces de salvar a las abejas pero requiere de nuestra participación, de nuestra presencia. Hay que aprender de los apicultores de los pueblos originarios y recuperar la cultura de conservación del entorno, de nuestras selvas, bosques y campos. Acordémonos las veces que sea necesario que somos parte de un todo que está unido con la naturaleza, y que hay que aprender de ella. Porque como diría un sabio juez maya, “si tú no vives con la naturaleza, no estás aquí en la tierra”.

Referencias: