Comercio justo

Leí sobre un imaginario económico diferente. Una alternativa que promueve nuevas maneras de organizar la producción y los intercambios, que apoya una relación justa entre los productores y los consumidores, que evita a los intermediarios. Un modelo que reduce los abismos entre el precio que pagan los consumidores finales y el dinero que recibe el productor verdadero. Un esquema que ofrece condiciones de vida dignas, en donde se respeta la identidad cultural de los pueblos y se toma en cuenta su idiosincracia. Una economía que escucha a la tierra, que apoya una producción sustentable y en donde todas las partes sean beneficiadas. Leí sobre una utopía existente, un comercio justo y una economía solidaria.

El comercio justo es un movimiento internacional que desde hace décadas ofrece al pequeño productor la posibilidad de tener acceso al mercado en condiciones más favorables y operar sin intermediarios [Schlagenhauf, 1997]. Su lucha es por ofrecer un modelo de comercialización que garantice relaciones directas entre los productores y consumidores y en donde los precios se pacten en conjunto. Es un intento mundial por equilibrar las relaciones comerciales y la manera de producir, de intercambiar y de distribuir la riqueza creando un desarrollo integral que permita una producción sustentable y sostenible de la oferta [Luis Reygadas, 2014]. Es una lucha por la comercialización de productos elaborados en condiciones justas y en donde se respeten los derechos humanos [WFTO, 2009].

Entre sus principios se encuentran la creación de oportunidades para productores con desventajas económicas, la transparencia de los acuerdos, la responsabilidad en las transacciones y el pago de un precio justo. De igual manera, vigila la ausencia de trabajo infantil y del trabajo forzoso, y aboga por la no discriminación, la libertad de asociación y la equidad de género. Es un sistema que valora la calidad del producto y su producción sustentable.

Hoy en día, el comercio justo va de la mano del concepto de las economías solidarias en las cuales el valor humano va por encima del lucro y la industrialización [Raúl Lugo, 2018]. Estas economías alternativas promueven la igualdad de oportunidades en un mercado democrático que facilita la actividad de los pequeños productores y reduce el poder de los grandes corporativos [Luiz Razeto, 2013]. La economía solidaria es una apuesta por la cooperación, la autogestión, los emprendimientos sociales, el trabajo colectivo y la reciprocidad de todas las partes. Es una economía con un carácter ético [Boris Marañón Pimentel, 2013].

“Las economías solidarias nacen de los excluidos de la sociedad, como la mayoría de las alternativas en la historia de la humanidad, y estos las regalan al mundo porque son economías para todos y todas”, afirma Mario Bladimir Monroy. 

Sin embargo, son varios los obstáculos y los desencantos que ha enfrentado el comercio justo y las economías solidarias en las últimas décadas. Los defensores del libre mercado señalan que estas prácticas entorpecen el crecimiento y aseguran que estas alternativas no funcionan a gran escala y se limitan a narrativas heroicas que disfrazan falacias. Así, estos modelos alternativos reman contra corriente y tienen que superar obstáculos como el individualismo, el consumismo, las prácticas monopólicas, la concentración del poder, la discriminación étnica y de género [Luis Reygadas, 2014]. 

Varios investigadores advierten que la estratificación social, la asimetría en la distribución del capital cultural, la burocracia del estado, la falta de programas de capacitación, la mercantilización de la tierra, los complicados sistemas de financiamiento y las propias lógicas del mercado neoliberal, no permiten la consolidación de las economías solidarias y el comercio justo. Hay quienes dicen que no basta imaginar una economía distinta si los sectores importantes de la población no la aceptan y no le dan una oportunidad. Hay quienes, escépticos, creen que tan sólo es una utopía que no puede competir con la producción masiva y las grandes trasnacionales. 

Yo soy de los que cree en los matices y estoy convencido que vale la pena luchar por las causas sociales y los puntos medios. Y es que lo cierto es que el sistema económico actual sigue aumentando la brecha de desigualdad y los índices de pobreza extrema. La industrialización no escucha el espíritu de la tierra y la acumulación de la riqueza es insostenible, por momentos parece que la liga se va a reventar. Hoy más que nunca, creo que vale la pena apostar por modelos alternativos, creativos e incluyentes, y que es necesario ventilarlos en la opinión pública y en nuestra cotidianidad. Modelos que sepan convivir con el sistema actual y que lo transformen desde adentro.

Lo cierto es que hoy existen más de 2,000 organizaciones involucradas en el comercio justo y que son millones los productores beneficiados en los cinco continentes. Lo cierto es que hay varias economías solidarias que ya son una realidad. Y es que como dice el investigador Luis Reygadas, “las utopías tienen consecuencias en el presente, independientemente del valor que tengan en el futuro. Las utopías nos ayudan a caminar con dignidad”. O citando a Mario Monroy Gómez, “las economías solidarias no son la solución para todos nuestros problemas estructurales, pero sí la utopía a alcanzar que nos da la energía y fuerza con las que podemos trabajar en colectivo para tratar de superarlos”.

Bibliografía: